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La persona, lo primero. 

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Cinco profesoras, Susana, Idoia, Silvia, Cristina y Linnea, estuvieron en el mes de julio haciendo voluntariado, principalmente, en un orfanato. Susana García Mangas cuenta su experiencia en un artículo publicado en el diario La Rioja.

Describen la experiencia como increíble, un viaje que les ha servido, a su vez, para conocer de cerca otra cultura y otras gentes, según dicen, muy amables y acogedoras. En este sentido, relatan que les sorprendió muy gratamente que ayudan siempre que pueden, la práctica del islam forma parte de sus vidas, y hacer el bien y la hospitalidad lo tienen como un pilar.

El voluntariado que han realizado consistía en trabajar en un orfanato. En Marruecos no se concibe que una madre soltera tenga a su hijo porque la familia y la sociedad le rechazan. Ahí adquiere protagonismo la figura de las religiosas, como las monjas de la Madre Teresa de Calcuta, o distintos orfanatos que recogen a estos niños hasta que encuentran una familia que les adopte.

Estuvieron con niños de todas las edades, muchos de ellos prematuros, de pocos meses, y algunos con discapacidades que se van haciendo mayores en el orfanato al ser más difícil que los adopten. En su estancia allí vinieron tres niños. Uno que habían encontrado perdido en un autobús, otro en la playa y otro que llegó porque la madre le abandonó en el hospital. Sin embargo, también vieron la cara más positiva: dos encontraron familia esa semana.En cuanto a las tareas, eran de lo más variadas: darles biberones, tenerlos en brazos, jugar, prestarles toda la atención que podían, quererles y dirigirse a ellos con una mirada de admiración incondicional.

Además de esta labor, también estuvieron trabajando en un taller de carpintería que pertenecía a la Iglesia Católica. Como hay muchos africanos, sobre todo del África subsahariana, que intentan llegar a Europa con pateras, hay distintas organizaciones que les dan trabajo, les enseñan un oficio, les capacitan para que no tengan que salir a Europa y puedan seguir viviendo y trabajando en su continente. Ellas estuvieron ayudándoles a hacer unos cayucos pequeños que se venden y sirven para sensibilizar a la población del problema que existe con la emigración y ellos obtienen dinero para seguir financiando el proyecto. Además, limpiaron y arreglaron el jardín de las monjas carmelitas del convento de Tánger. Califican la experiencia como preciosa porque muchos vecinos del barrio se interesaban por la labor de las monjas y su vocación.

No obstante, no todo fue trabajar, también hubo tiempo para hacer turismo.